Lady Di, un icono eterno

Hoy es el cumple de mi madre y, no entiendo muy bien por qué, pero Lady Di siempre me ha recordado a ella. Felicidades, mamá.

En los 90, el corte de pelo de mi (santa) madre se parecía al de Diana Spencer y recuerdo a la perfección el vestido negro que mi progenitora llevó a la boda de mi tía en el 95. Era inevitable que me evocara al ‘vestido de la venganza’ que la princesa de Gales había lucido antes. Lady Di era un referente.

Han pasado más de 25 años desde su muerte, pero el nombre de Diana sigue resonando con fuerza. Acabo de terminar de leer la biografía (sí autorizada) que Andrew Morton publicó sobre ella y su figura me tiene atrapado. Diana Spencer fue mucho más que la prota de un cuento de hadas con final trágico: fue la mujer que incomodó y modernizó una monarquía británica que estaba anclada al pasado. Un icono pop que, fundamentado en la humanidad, hizo que se tambalearan los fríos e inamovibles protocolos.

Diana fue feminista sin pretenderlo ni proclamarlo, mostró su independencia dentro de un sistema diseñado para anularla, abrazó a los enfermos de sida cuando el mundo aún los miraba con miedo, habló de su bulimia cuando la salud mental era un tabú y cruzó campos de minas (no solo dentro de Buckingham Palace) haciendo que los gobernantes del mundo cambiasen sus políticas. Era tan necesaria para la humanidad que se convirtió en molesta para la realeza hasta el punto de que, una vez divorciada y liberada, pese a ser la madre del futuro rey de Inglaterra, fue castigada arrebatándole el título de alteza real. Intentaron reducir su impacto, pero no se dieron cuenta de que Diana no necesitaba coronas para brillar.

Aún podemos aprender mucho de ella. Y la prensa en particular. No fue perfecta pero sí valiente. Y aunque siento que muchos tratan de borrarla de las páginas de la historia, Lady Di es inspiración, un símbolo de progreso y la eterna princesa del pueblo. Dicho queda.

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